jueves, 13 de marzo de 2014

Esquí de travesía en Ansó. Petrachema y Mallo de Lacherito.

Ayer por fin se me terminó el arresto al que he estado sometido las últimas semanas. Una inoportuna gripe no se si a, b o qué, me ha tenido inactivo unos cuantos días y lo que es peor, la dosis de "pastis" ha sido considerable para alguien como yo que no está muy habituado a estas cosas. Como todo tiene final, esto no iba a ser menos y el martes fui a ver a nuestra médico y me dijo que ya estaba recuperado. Rápidamente quedé con quien podía ir a hacer algo al día siguiente y nos juntamos Pablo, Jorge, Jaime y yo para ir a Petrachema.



Partimos desde el aparcamiento de Linza con los esquís puestos ya que la innivación es extraordinaria en todas las orientaciones, y el día promete.



Por supuesto que no faltó el cachondeo. Que si ya no tienes edad, ¡enfermizo!, que si tengo que pensar en ponerme la vacuna de la gripe, tampoco faltaron alusiones a mi fobia y sus consecuencias a las agujas en las extracciones de sangre. Pero yo estaba que daba saltos de contento por poder aprovechar aunque solo fuera uno de los días de anticiclón que ha perdurado mientras yo estaba encerrado en casa.




Entre risas y mi intento de respirar solo por la nariz para evitar que entrara el aire frío de la mañana en mis bronquios, nos plantamos en la arista de Petrachema desde donde la vista puede recrearse con lo que hay alrededor.




Jaime tenía ganas de esquiar la pala de Petrachema ya que la vez anterior no la pudo esquiar y apretaba el ritmo en la arista para llegar cuanto antes a la punta.




Antes de pillar la pala de Petrachema echamos un bocado en la punta y ahí empezó a coger forma la posibilidad de atacar también el Mallo de Lacherito. Comentamos varias opciones, remontar con crampones por la norte del Mallo o esquiar por el barcal y volver a remontar con esquís hasta el Mallo. A mi personalmente me apetecía disfrutar de la esquiada, aunque después hubiera que remontar más. Jorge no podía porque tenía faenas, Jaime dudaba, a Pablo le daba igual y yo me decantaba por mi opción.




La cantidad y calidad de la nieve tanto en la pala como en el resto de la bajada mantuvieron las intenciones de remontar hasta el Mallo. Mientras a Jorge las obligaciones le impedían quedarse, Jaime decidió acompañarle y Pablo y yo pusimos pieles con la intención de remontar hasta el Mallo.




No sabía como iba a reaccionar mi cuerpo después de tantos días de inactividad y de tanta pastilla, así que decidí tomarme la remontada con tranquilidad. La decisión fue acertada ya que el haber arrancado con el ritmo habitual creo que me hubiera hecho sufrir en el ascenso, de esta forma subí mas relajado y aunque se notaba que no estaba al cien por cien, no cargué las piernas para poder disfrutar de una bajada que se preveía espectacular.



La abundante calima, que restaba visión en las largas distancias, no restaba nada al disfrute que estaba viviendo después de tantos días de encierro.



La bajada fue toda una gozada. La nieve estaba en su punto, incluso se mantenía dura en las umbrías. Solo en la parte más baja y en orientaciones sur la nieve transformaba con rapidez. Esta nieve podrida hizo que mis esquís se enterraran cuando más confiado iba en una larga diagonal y con velocidad, provocando una caída potente y las posteriores risas de Pablo que iba detrás y lo vio todo en vivo y en directo. A partir de ahí le deje que fuera delante, pero no hubo suerte y no pude reirme como me hubiera gustado. Día completo que cogí con ganas después de mi convalecencia, que terminó tomando un trago en el Refugio de Linza y planeando la próxima salida.







miércoles, 26 de febrero de 2014

Fondo, raquetas y travesía en Linza. Ansó

Estos días los niños de la escuela de Ansó suben a aprender esquí de fondo a Linza. El Lunes salió un día espectacular. A las doce del mediodía comenzaba el cursillo para el grupo en el que está Elia y sus compañeras. Era momento de aprovechar para foquear un rato y disfrutar, así que cojí los esquís y tiré ladera arriba.




Todo estaba a favor, el sol, la nieve, la temperatura,... así que casi sin darme cuenta me planté debajo de la cornisa de La Paquiza. Allí decidí quitar pieles y bajar antes de que Elia terminara su clase de esquí de fondo.





La bajada la hice rápido para que me diera tiempo a cambiarme y tomar una caña antes de empezar a comer a las dos, que era cuando terminaba el cursillo.
Después de la comida, Elia quiso probar sus nuevas raquetas. Pero como las condiciones de nieve eran muy buenas, y lo prometido es deuda, coloqué sus pequeños esquís y sus botas de alpino en la mochila y empezamos a remontar por la ladera del Sobrante con idea de bajar después esquiando por el monte "como hacen los que van de travesía".





Pese a que a esas horas ya no lucía el sol de la mañana y las nubes habían ganado terreno en el cielo, la ilusión de subir con las raquetas para luego bajar con esquís superaba cualquier traba que nos encontrásemos. Además, no solo es que desaparecieran todas las trabas sino que aparecían nuevas fuentes de entretenimiento como el iglú que nos encontramos a mitad de camino.




La pequeña construcción dio para mucho. Jugar y preguntar eran todo uno, incluso provocó algún atasco en las respuestas.




Después de esto, solo faltaba encontrar el lugar ideal para cambiar las raquetas por los esquís y buscar la pendiente perfecta para disfrutar de la primera bajada de Elia por nieves sin pisar por las máquinas. De ello me había encargado ya por la mañana en la rápida bajada de La Paquiza y todo estaba previsto para el estreno de Elia.





Sus gritos de júbilo se dejaban oír, "¡estoy haciendo travesía!", gritaba, "¡esto es chachi!". En un momento de parada me comentaba que esto era mejor que esquiar en pista porque no había que estar pendiente de que nadie se te llevara por delante al hacer los giros.



Satisfecha con su nueva experiencia, y después de recoger todo, decidimos tomar un cola-cao en el refugio. Además así le contaría a Beni que ya había hecho travesía. Acababa de hacerlo y ya tenía unas ganas terribles de contarlo, Beni fue el primero en recibir la noticia, después Eloy,...
Nos despedimos de Linza no sin antes ver desde primera fila como la máquina pisa pistas planchaba la nieve para que el día siguiente el cursillo volviera a ser todo un éxito como hoy.
Bajando hacia Ansó, y como el día ya empieza a alargar decidimos parar en el entorno de la Cueva de Los Cuchareros.





Antes de hacer la visita de rigor a la cueva, nos abrazamos al impresionante fresno que hay en sus cercanías, visitamos el monumento con el "mosquetón gigante" que recuerda a un escalador que se quedó para siempre en el circo de Ezacaurri, nos metimos en el bosquete de tejos que está al lado, descubriendo que pese a su alta toxicidad no pasa nada por tocarlos y finalmente bajamos a la cueva antes de despedirnos del día y bajar a Ansó para contarle a mamá todo, todo y todo.