sábado, 3 de agosto de 2013

Paquiza de Linzola. Circular desde Linza. Ansó

Para terminar Julio, el domingo 28 nos fuimos con Elia a la Paquiza de Linzola. El día amaneció mucho más fresco que los anteriores, lo cual nos favoreció ya que, como de costumbre, no madrugamos lo que deberíamos. De cualquier modo, y ante la duda de la climatología, decidí subir por Zaparreta. La protección del bosque igual podía servir en caso de fuerte calor, como en el caso del día que nos tocó, del fuerte viento que reinaba.

 
 
 
El paso por el bosque siempre se hace entretenido, a las formas curiosas que nos vamos tropezando, se le une la imaginación de una niña de seis años. De este cóctel, y sólo teniendo en cuenta las ramas secas que nos vamos encontrando por el suelo, pueden aparecer desde cuernos de unicornio, pasando por cuernos de ciervo o incluso micrófonos para cantar...
 
 
 
 
Al salir del bosque, Elia empieza a mirar todo lo que tiene alrededor. Reconoce perfectamente el que hasta ese día había sido su pico más alto, la punta Maz. Observa los picos de Petrachema, Mallo de Lacherito y Chinebral de Gamueta y a los tres les pone formas,... de león, de águila.
 
 
 
 
El fuerte viento hace que Elia desista de llevar gorra, ya que tenía que ir sujetándola todo el rato por miedo a que saliera volando hacia Belagua. Mientras, ese mismo aire, hacía que tuviésemos que hacer uso de la chaqueta para no pasar frío en el cordal que nos llevaba hacia la punta de La Paquiza.
 
 
 
 
Al llegar a la cima, le sorprendió lo pequeña que era la caseta que ya le había avisado que nos íbamos a encontrar. "¡Pero si no cabe ni la muñeca más pequeña que tengo!". Más sorpresa le produce el leer en las chapas que hay en el tejado de la caseta la altitud a la que se encuentra, 2.112 metros, ..."¡toma!", "¡más que la punta Maz!". En vista de que en la cima de su primer "dosmil" no apetece parar a almorzar con el viento reinante, decido bajar un poco y buscar un resguardo al lado de un nevero que también permite algo de diversión.
 
 
 
El lugar, el chubasquero y el tentempié, hacen que venzamos la incomodidad producida por el aire y decidamos continuar con la excursión.
 
 
 
 
Además de babosas, escarabajos y sarrios, Elia observa como las ovejas disfrutan del frescor que produce la nieve que aún queda por la zona. También está contenta de ver Petrachema y La Mesa de los Tres Reyes desde tan cerca, y de que vamos a recorrer parte de su camino en nuestra bajada.
 
 
 
 
Tras alcorzar por "zinglas y barranqueras", alcanzamos el camino de Petrachema y La Mesa justo por debajo del collado de Linza.
 
 
 

 
En el descenso, entre otras muchas cosas que me contaba, me llamó la atención el cálculo que hizo de los mocos que podían caber en la nariz de una bruja. Lo hacía en función de los que había sacado durante la mañana de su propia nariz, por el efecto del fuerte viento. "Si a mi me caben cien mocos en cada agujero, doscientos en toda la nariz. A una bruja le caben por lo menos... mil doscientos".
 
 
 
Al parar a echar un trago en la fuente de la Foya de Petrachema, me comentó que tenía hambre. Le ofrecí una barrita de coco que son las que le gustan a ella y me preguntó si quedaba mucho. Al decirle lo que faltaba para llegar al Refugio de Linza, decidió guardarse la gana para los huevos fritos que había pactado con ella antes de salir.
 
 
 
La bajada por el Sobrante fue veloz, y rápidamente nos encontramos sentados en una mesa del Refugio de Linza esperando a que Patxi nos sacara la comida. Con los huevos fritos casi completamos un buen día de monte en el que había que celebrar su primer "dosmil". Todavía faltaba parar en Zuriza para ver a su amiga Ainara y echarse un baño en la poza.
 

 

miércoles, 24 de julio de 2013

Bosque de Oza. Hecho. Paseo entre árboles

El sábado pasado fuimos con Elia a ver que era eso de un parque arbóreo. Ninguno de los dos habíamos estado nunca en uno de ellos, aunque Elia por el camino hacia Oza, no paraba de explicarme cómo Gerardo, en las recientemente pasadas fiestas de Fago, les había preparado una tirolina y lo bien que se lo habían pasado todos los niños que allí estuvieron.
Por supuesto, y sin posibilidad de elección por mi parte, elegimos el circuito infantil.

 
 
Elia se enfrentaba a cada uno de los juegos del circuito con cierta dosis de prudencia provocada por la sensación de estar por el aire y dependiendo de una argolla que le mantenía fija a una sirga continua a lo largo del recorrido.
 
 
 
 
Al observar que el manejo de la línea de vida no era en absoluto complicado y sabedora de que aquel entramado le sujetaría en todo momento antes de llegar al suelo, le permitió ir ganando confianza rápidamente.
 
 
 
 
Los diferentes juegos del circuito no dan pie al aburrimiento. Los niños disfrutan de forma espectacular, y los acompañantes que nos vemos forzados a permanecer con ellos en el "saltapericos", también.
 
 
 
 
Las instalaciones me sorprendieron por su sencillez y efectividad en cuanto a la seguridad. No se ve ningún tornillo atravesando los árboles, solo cintas tensadas para sujetar todo el tinglado allí preparado.
 
 
 
Después de hacer cuatro o cinco veces el circuito infantil y aún no sé cómo, engañé a Elia para que me dejara probar uno de los otros tres restantes. Tras pedirle consejo a Coco, que andaba por ahí, me metí en el circuito "fuina".
 
 
 
 
Nada más entrar te das cuenta de la diferencia con el circuito infantil. La altura de las plataformas, la longitud de las tirolinas y de los cables, el esfuerzo que se impone para pasar las redes, la utilización de estribos,...
 
Mientras yo hacía este circuito, Elia me observaba desde abajo con Coco y no paraba de preguntarme si me lo estaba pasando bien. Yo le decía que sí y no le mentía.
 
 
 
 
 
Después de disfrutar del recorrido y sin perder nada de tiempo volvimos al "saltapericos". Tuve que recordarle a Elia que no conviene olvidar la prudencia en ningún sitio, y menos en el monte, en vista de la soltura con la que hacía los juegos y los pasos de plataforma. Su respuesta fue la habitual de cuando le dices algo así, ...¡que si, "pesau"!.
 
 
 
 
Tras siete repeticiones del "saltapericos", Elia no se conformaba y quería volver a repetir. Al final se dio cuenta de que Aroa y Ester tenían que acabar su jornada y cedió con la condición de volver otro día, momento que aproveché para negociar los otros dos circuitos que me faltan y espero probar en breve, ya que a la vista de lo que ahí había, segurísimo que no defraudan.
 
 
Las felicitaciones hay que dárselas a Val d´Echo Activa por haber preparado todo esto, para que los que quieran disfruten de una actividad saludable en un entorno espectacular.  


 

domingo, 21 de julio de 2013

Paseo por Ezpelá. Ansó. Ida a pie y vuelta en bici.

El domingo pasado, 14 de Julio nos fuimos Elia y yo a dar un paseo por el Paco de Ezpelá. El objetivo, además de buscar la sombra, era el que Elia llevaba reivindicando desde hacía algún tiempo. Quería ir con la bici por el monte y experimentar por otros sitios que no fueran las calles de Ansó, la plaza, el poli,...

 
La cercanía al pueblo del Paco de Ezpelá nos permitía, como otras veces, no utilizar el coche. Pero esta vez, la necesidad de subir las bicis hasta el enlace del camino con la pista, hacían que Elia no tuviera muy clara la estrategia al principio.
 
 
 

De todos modos, confió en lo que le había preparado y nos lanzamos a la aventura cruzando el barranco de Ezpelá antes de llegar a la tejería. Pronto llegamos al cruce de caminos que Elia ya se conoce y tomamos el que sube dando vueltas por el paco de Ezpelá hasta cruzarse con la pista que es donde habíamos escondido las bicis.

 
 
 
Por el camino, además de correr, saltar, ver piedras que parecen ríos ...???, no dejó de sorprenderle la altura que alcanzan algunas hierbas superando en talla hasta a su padre.
 
 
 
Al llegar a donde habíamos escondido las bicis, entendió la estrategia del principio. Su cara mostraba cierta incertidumbre provocada, creo, por si sería capaz de bajar por medio del monte y por la pista de Ezpelá hasta abajo como llevaba pensando y soñando desde hacía varios días.
 
 
 
Sin perder tiempo, sacamos las bicis del escondite hasta la pista y nos preparamos para bajar después de echar un buen trago de agua.
 
 
 
En el momento de arrancar intuí desde atrás que la cara de incertidumbre se había transformado por completo a tenor de los gritos que oía, ..."¡esto es chulísimo!", ..."¡mola!",..."¡cuantos botes!"...
 
 
 
Conforme íbamos bajando, la prudencia con la que inició el descenso iba desapareciendo, pero los gritos que transmitían el disfrute, no. No pasó desapercibida una de las trampas que se colocan en el monte para controlar las plagas de insectos que afectan a la masa forestal.
 
 

 
Al realizar la parada se dio cuenta de que se le cansaban las manos de tanto frenar y a partir de ahí tuvimos que ir parando cada cierto tiempo para relajar esos dedos atrancados.
 
 
 
 
En el tramo final de la pista la pendiente se suaviza permitiendo el pedaleo y la definitiva relajación de los dedos de las manos de Elia. Antes de llegar al final ya me preguntaba que cuando volveríamos otra vez con la bici al monte.
 
 
 
Pese a la extrañeza de la estrategia de subir primero a esconder las bicis, de la incertidumbre de si sería capaz de ir con la bici por el monte como quería hacer desde hacía tiempo, del agarrotamiento de sus dedos por frenar en tanta pendiente continuada, el disfrute por el monte, como siempre, ha sido extraordinario.
 

 

 

Además, el hecho de estar tan cerca de tantas posibilidades nos permitió llegar a casa, sin ningún incidente ni caída, con tiempo suficiente para tomar un vermú con mamá, mientras Elia seguía dando vueltas con la bici, esta vez en la plaza.